domingo, 21 de enero de 2018

ROOKIE


El primer contacto fue en la A-6, camino de una extraña finca ubicada en Segovia y desde el desconocimiento. Sí, porque cuando el sonido de ese Peugeot de alta gama interrumpió nuestra conversación y nos adelantó severamente por el carril izquierdo, nadie se percató de quién iba dentro. No dio tiempo. Tan solo causó un breve silencio tras el que continuó la charla en el interior del coche de LaSexta y el repaso al tema del día: Entrevista a Carlos Sainz, diez de la mañana, exterior, día. 

Olvidé al instante que iba a ser mi primer cara a cara cuando llegamos a ese alejado recinto y le vimos ahí, apoyado en el mismo coche que nos pasó como un Fórmula 1 a un safety car, realizando una especie de posado. Me llamó mucho la atención (era inevitable) el polo que lucía con los infinitos logos de sus patrocinadores. Un atuendo que puede pasar por uniforme reglamentario en pilotos jóvenes, pero que en un tipo con los kilómetros de Carlos, inevitablemente, resultaba extraño. Tan anómalo como fuera de tiempo pero tan simbólico como profesional. Una escena, en su conjunto, que de algún modo le devolvía al pasado, a sus mejores años, y ese prestigio que siempre le perteneció.

Entonces un minuto bastó para toparse con la realidad. Justo los 60 segundos que tardamos en acondicionar la entrevista y en aprovechar el siempre sugestivo off the record, cuando irrumpió la experiencia de un tipo que ha disputado 196 carreras del Mundial de rallies y su manejo milimétrico con los medios. Humilde, abierto, y sencillo. Sin rehuir ningún tema. Consciente de la omnipresente percha de actualidad aparejada a su propio hijo, a Fernando Alonso, e incluso a temas menores como el fútbol. Se venía algo único, y por ello, el primer deber era una pregunta directa al jefe de prensa: ¿Cuánto tiempo tenemos?


El aspecto que más me interesaba de este personaje histórico en el planeta motor no era otro que lo poco que se ha visto sobre sus carreras desde que en 1980 se iniciara en la competición. Sí, porque todos tenemos en mente las mismas secuencias cuando hablamos de Sainz, y cuatro décadas después seguimos sin saber absolutamente nada más allá de esos planos protagonizados por barro exuberante y limpiaparabrisas activados. No encontraremos una prueba completa, ni un final como el de Alonso y Schumacher en Imola, o como el de Rossi y Márquez en Sepang. No en los rallies. Aquí el trayecto se vive anclado en la compañía o soledad que puede ofrecer un copiloto. El mismo recorrido que te lleva a romperte la cabeza para solucionar un problema mecánico en el Pirineo aragonés o en las dunas de Belén (Bolivia), y los mismos obstáculos que te pueden hacer volcar mientras una cámara fija lo capta todo, convirtiéndote en un ser inerte. Aventura, al fin y al cabo. Y sobre eso empezamos charlando en una entrevista que se desarrolló sin problemas, con un perseverante aroma a pasado, y tras la que perdí de vista al Matador entre la nube de polvo que levantó su Peugeot al salir luciendo caballos.

Le volví a ver tiempo después, entonces en el circuito del Jarama, en una entrevista programada con su hijo Carlos. Esa vez lucía una americana y habían desaparecido los sponsors. El pulcro asfalto sustituyó a la grava de aquel lejano camino en una mañana donde apenas charlamos y donde algo más había cambiado: por primera vez le vi mayor. Permaneció durante todo el evento en un discretísimo segundo plano, y entonces lo tuve claro. Se acabó. Los últimos vestigios de aquel loco que recorrió la Castellana en 2004 con su Citroën Xsara ya eran historia. También los trompos en Cibeles, el público en las calles, y como no, mi Ford Focus WRC en miniatura, para siempre, el de Carlos Sainz.
Hasta hoy.


Dicen que en el Dakar la mayor parte de las noches no se duerme, que el vehículo está antes que el piloto, y que previo al panorama hostil, lo primero que nubla la vista es el propio cansancio desde las cuatro de la madrugada. Condición llevada al límite este año con el rally más duro que se recuerda. Por eso ayer, cuando El Matador, con 55 años, clausuró la 40ª edición de la carrera más difícil del mundo sobre el techo de su coche, con los brazos en alto, imagino que volvió a cumplir un sueño.
El anhelo de su desvelo durante estas cuatro décadas. La fantasía original, la del eterno aspirante. Y por eso sus ojos se percibían cristalinos, enfundado en su mono de siempre y ataviado con esa gorra donde brillaban los infinitos logos de sus patrocinadores ante los flash de las cámaras, otra vez, junto al número 1.


Entonces dijo lo siguiente: "Aquí gané mi último rally del Mundial, en estos mismos caminos, hace ya unos cuantos años, en 2004. Y, otra vez, Córdoba y Argentina me vuelven a dar una gran alegría". Y los ojos de quienes lo escuchamos al otro lado del charco, también empezaron a lucir cristalinos. La hora de citar infortunios pasados había llegado a su fin. También incluso la de rebuscar estadísticas y logros. ¿Para qué? El dato vital que lo explica todo acababa de cobrar más fuerza que nunca.
Piensen: "Carlos Sainz, Campeón del Mundo de rally en 1990 y 1992". 

viernes, 5 de enero de 2018

FUCK



Creo que fue la primera vez que vi y escuché cómo alguien pisaba una jeringuilla. Ahí, al poco de empezar la serie, con un sonido perfectamente recogido y una vaga imagen mostrada sin excesos tras la que no pude evitar pensarlo: qué desagradable es esta movida.

Y lo fue, claro, a lo largo de 60 capítulos durante los 5 años que duró mi incertidumbre. Con cada chute, cada disparo, cada muerte y cada temporada.

El problema vino después del primer contacto -supongo que algo lógico si pasas por todas las fases de intoxicación con The Wire-, en el tercero de la primera, cuando un dilema mental se instaló mientras escuchaba Way down in the hole: "¿Realidad o ficción?", pensé, antes de que se desvaneciera esa cuestión al instante -la respuesta era obvia- y antes de abandonar la serie, presumiblemente para siempre.

Me dejó de interesar el agujero negro de la peor ciudad de Estados Unidos. Comencé a odiar un proceso narrativo lento que toda la crítica mundial catalogaba como la Capilla Sixtina de la televisión. Y asumí mi fracaso porque semejante 'obra de arte' no me había enganchado en absoluto.


Pero años después, e inmerso en un mercado de series de calidad, sí, pero de rápido consumo, me convencí -nadie sabe todavía el motivo- que debía darle una segunda oportunidad a la horrible Baltimore, a ese periodista o experiodista que ideó la serie, y al único personaje que me fascinó tras mi mala experiencia: Omar Little.

Más jeringuillas, más papelinas, y más rostros de fracaso 4 años después. El caso es que este segundo contacto fue más extraño que mi segundo cigarro. La realidad en esas calles seguía extrañamente viva, lúcida, marcada a fuego y constante en mi memoria. Como si el bagaje de 3 horas (3 capítulos) en la ciudad me lo hubiera dejado clarito: "Esto es lo que somos y esto es lo que hay. Ahí tienes la puerta". Seguía sin percibir nada atractivo, nada nuevo, y entonces irrumpió el capítulo.
El cuarto de la primera, o lo que es lo mismo, la secuencia en la que Bunk Moreland y Jimmy McNulty trazan pistas sobre la escena de un crimen al ritmo de una única palabra: fuck.
Cinco minutos de acordes monosílabos antes de ahogar penas y trabajo con unos tragos y, ahora sí, una conversación a la luz de la Luna, junto a las vías del tren.


La catarsis y el momento habían llegado. Nunca se dijo tanto con tan poco. 


Porque The Wire no es poesía en movimiento, no es La Batalla de los Bastardos. The Wire es realidad. Son actores (algunos no actores sacados de las calles) en las peores esquinas de una ciudad sin ley, precisamente porque cualquier atisbo de derechos, cordura o desarrollo agoniza entre bastidores por la omnipresente corrupción. En los colegios, en los juzgados, entre los estibadores de un puerto, y por supuesto, en las comisarías y los partidos políticos. La lucha entre el bien y el mal se extiende durante 60 horas de metraje por todos los rincones de la sociedad, aumentando tu dependencia progresivamente a medida que observas cómo los hilos de Baltimore (y del mundo) siguen manejados por unos pocos. 

Y, sin saber muy bien por qué (recuerdo la frase de Bubbles: "No hay nada malo en aferrarse al dolor, siempre y cuando dejes sitio para otras cosas"), un día tu dosis aumenta. Quieres más. Desaparece ese odio viejo mientras percibes los detalles que convierten a esta serie en un fenómeno único. Omar Little, el personaje más popular, es homosexual y no estigmatizado por ello. Algo tan sencillo como eso y que parece tan difícil en la historia del cine ya constituye una pequeña revolución. Como la atención a los guetos de Baltimore. Dar incondicional protagonismo a la voz de la población negra, a esa jerga maravillosa que tantos problemas debió ocasionar en las escuelas de doblaje españolas. Ése es otro aspecto, David Simon, creador de la serie, obliga a ver su trabajo en versión original. No permite que se le arrebate absolutamente nada a sus actores, y por ende, a sus personajes. Artistas que rozan la perfección en la interpretación y que parecen predestinados a su papel. ¿Un ejemplo? Aidan Gillen (sí, 'Meñique' en Juego de Tronos) prestigiando la imitación de un líder político.


La cuenta es infinita... qué vamos a decir de la actuación de Felicia Pearson, de aquel editor del Baltimore Sun que aún creía en el periodismo, o de los dos policías reconvertidos a profesores, Colvin y Pryzbylewski, capaces de ilustrar a todo aquel que se pregunte por qué el sistema educativo se desmorona. El propio Bubbles, drogodependiente icónico de The Wire, nos regala algunos de los mejores momentos de la serie ("Pasear por el parque Druid Hill, ver chicas guapas, fumar marihuana y tomarse una cerveza fría. Y justo al ponerse el sol..., ya saben que a esa hora el sol llena el parque de luces y de sombras").

La única conclusión que saco respecto al debate sobre si es la mejor serie de la historia es que me da igual. Que sí, que yo también flipé con La Boda Roja o con Ozymandias, y también me maravillé con la primera temporada de True Detective. Pero nada de eso fue comparable a observar el talento excelso de aquel grupo policial que organizaba escuchas contra Stringer Bell y Marlo Stanfield. Su vida de mierda. La luz en ninguna parte del túnel. O el final de ese personaje, Duquan, el sensacional estudiante sobre el que puse todas mis esperanzas, el pez que nadaba a contracorriente y que sería capaz de salir de ahí y tocar el mundo, cuando en los últimos instantes del último capítulo, en una imagen mostrada sin excesos y con un sonido que ya nadie quería escuchar, se pone un chute de heroína al fondo de un oscuro callejón.

Lo volví a pensar y sentí lástima. Otra vez. "Qué desagradable es esta movida, y qué obra de arte".

domingo, 26 de noviembre de 2017

NADA NI NADIE

Todo comienza con una secuencia inconexa. Una escena a todas luces masoquista en lo que parece ser el reducto de una extraña habitación de hotel donde el montaje asfixiante de primerísimos primeros planos, primero, enturbia el panorama, y segundo, nos descoloca fugazmente para agigantar nuestras pupilas un minuto después. Sí, cuando un irreconocible y desharrapado Joaquin Phoenix irrumpe, por fin, en escena, una excelsa banda sonora multiplica exponencialmente su volumen y el espectador asiente, pétreo, en su butaca: lo tenemos, empieza algo prometedor, y por primera vez después de 1000 películas, algo diferente.

Lynne Ramsay nos presenta así a su protagonista. A través de la nada, de una consecución de planos aislados que durante el metraje cobrarán todo el sentido. Porque cuando abandonamos la sala seguimos sin saber prácticamente nada de Joe (Joaquin Phoenix) aun teniendo en cuenta que aparece en todas las escenas. No importa.  Sólo necesitamos saber que, por alguna razón, este personaje debe salvar a niñas que están siendo violadas bajo un secuestro infernal, refugiándose en la clandestinidad y un comportamiento misterioso y asocial tras realizar su cometido.

A partir de ahí llegan los recuerdos. Las calles de Nueva York por las que circuló Travis Bickle hace más de 40 años, el punteo de las escenas con los mejores acordes sinfónicos de Drive, y sobre todo, esa ultraviolencia desmedida que tanto impacta en la gran pantalla. Reflexiones sobre la fugacidad o el recuerdo de las personas, los actos, las cosas y los traumas. La incongruencia de una sociedad mercantilizada, de postín, asfixiada. Quiénes somos, cuál es nuestro cometido aquí y a quién cojones le importa. Experiencias, al fin y al cabo, vividas durante el pasado dentro -y fuera- de una sala de cine cuyo síndrome de abstinencia nunca se fue, sino que subyace cada vez que pagamos una entrada y casi nunca se ve satisfecho después. En realidad, nunca estuviste aquí nos deja a la deriva en medio del océano y no nos permite volver a la orilla, sólo volver a encontrarnos. No hay explicación. No hay virtuosismo, sólo tiempo para pensar -y madurar-. Porque la mayoría de las últimas películas confirma las necesidad imperiosa de hacer billetes y que del esnobismo a la gilipollez hay una línea transparente. Por eso no estaría mal decir que esta experiencia cinematográfica, sin ser nada y estando protagonizada por nadie (quizá Phoenix gane el Oscar), es mejor que todas las demás juntas.

lunes, 30 de enero de 2017

DÉJALO YA, TÍO


Puede ser que justo hace un año, cuando Djokovic y Murray se jugaban el Open de Australia, Nadal y Federer estuvieran al otro lado de la televisión viendo sus ágiles intercambios. Golpes que el público zanjaba con una ovación cerrada pero que, seguro, estos dos espectadores encajaban con un silencio incómodo.

Dudas, preguntas y un suplicio con cada aplauso a los nuevos tenistas de moda. Y todo sin poder articular una sola palabra (¿qué decir cuando ves tu carrera pasar sentado en el sofá de casa?). Por eso puede que en una de ésas, ambos, simultáneamente, recibieran una palmadita en la espalda del amigo de turno, acompañada de un "Déjalo, tío".


¿Para qué seguir? Cuando lo has ganado todo y llevas un lustro sin llegar ahí, o cuando esos 5 años han sido sinónimo de jugar con dolor, lo normal es dejarlo. Pero Roger Federer y Rafael Nadal vinieron aquí a reírse de lo que esta sociedad entiende por 'habitual', y ayer volvieron como esas cosas que merecen una oportunidad más en la vida.

Volvió el deporte definido en un partido de tenis. La sensación de que Roger podría jugar sentado en su trono y la impresión de que Rafa podría subir corriendo a la Luna. Tormentas de peloteos preciosistas y las mismas reglas viejas de siempre: partido a 5 sets y la pelota no se mancha. Porque ellos entienden esto así; el ace cuando procede, del 40-0 al 40-40 y el ojo de halcón para dejar clara una cosa: la línea se toca.


Ya lo dijo Woody Allen en Match Point, "cuando la pelota pega en la red, por una décima de segundo puede seguir o puede quedarse. Puedes ganar o puedes perder". Instante que fue lo que tardaron estos dos tipos en volver a entrenar para confirmar que son el tenis.

Probablemente, ayer las televisiones de Djokovic y Murray ardieron durante 3 horas y media mientras ellos aplaudían cada punto, reconocían a sus maestros, y al final, se ponían de pie. Porque todo esto fue algo más, igual lo que debería ser la vida, un Nadal-Federer constante.

jueves, 26 de enero de 2017

THE PROCESS


Joel Embiid tardó en debutar en la NBA 854 días. Sí, más de dos años enclaustrado por las lesiones, sin tocar un balón, y entre otras cosas, asumiendo la muerte de su hermano menor (víctima de un atropello en Camerún). Días donde Philadelphia se convirtió en su prisión y noches en las que su equipo se afianzó como el peor de la liga. Unos Sixers anclados en su crónico 'pudo ser y no fue' con Allen Iverson en la memoria y más camisetas en canchas callejeras que en pabellones.

Pero de vez en cuando ocurre (sobre todo en el paisaje variopinto y rotatorio de la NBA) que aparecen aspirantes, personajes e historias (probablemente en ese orden), y cómo no, la conjunción de todo ello hace que el producto se venda sólo.


Y ése es el caso de este camerunés que en 2014 y con 20 años aterrizó en Pennsylvania para jugar en la mejor liga del mundo.
Hoy, algo se mueve en las calles de la ciudad que escuchamos por Bruce Springsteen y vimos por Tom Hanks y Denzel Washington. Se habla de ilusión, de optimismo y de mejoría, pero por encima de todo, hay algo que no se deja de repetir: "TRUST THE PROCESS ".

El pasado 1 de noviembre, el speaker del Wells Fargo Center presentó al dorsal 21 como Joel "The process" Embiid, y 18 puntos y 10 rebotes después (firmó su primer doble-doble), la afición entendió cuál era el proceso.

A partir de ahí y hasta la actualidad, el 'rookie' promedia 19.8 puntos, 7.8 rebotes y 2.1 asistencias. Estadísticas que multiplican su valor si tenemos en cuenta que Embiid no puede jugar más de 25 minutos (limitación para prevenir una recaída de su lesión). Y es que el pívot de 2,13m no sólo es el único jugador con +/- positivo de todo su equipo, sino que con un teórico número de minutos normal, sería el más determinante de la NBA.


Conjeturas que ya están ahí condimentadas con una buena dósis de realidad. Porque pese al mal inicio de los Sixers, tras la adaptación progresiva de su nueva estrella y la explosión de un grupo diverso y talentoso con nombres como Sergio Rodríguez, Nerlens Noel, Dario Saric o Ersan Ilyasova, 2017 ha arracando con un balance de 9 victorias y 3 derrotas para Philadelphia. Saldo más que positivo que devuelve la sonrisa a la ciudad.

Estadísticas aparte, convendría quedarse con el ambiente que ha generado este grupo promovido por su figura. En 'Phila' todos suman, y por eso ayer levantaron 19 puntos ante los Clippers de Blake Griffin. Una hazaña que Joel Embiid vio desde el banquillo (baja 2 partidos), pero donde la cámara no se separó de él: gestos, celebraciones, gritos y una sonrisa que despejaba dudas. Es una estrella.

Ahora ya nadie sabe cuál será el límite, ni cuándo ni cómo acabará esto. Pero con su compañero Ben Simmons a la vuelta de la esquina (número 1 del draft), The Proccess vislumbra play-offs..., y lleguen o no seguirá confiando. Total, ya convirtió la tortura en aplausos.



martes, 17 de enero de 2017

CINCO ESTRELLAS

A falta de Moonlight y Manchester by the sea (que espero con ganas), ahora, en época de premios y etiquetas (...) toca recapitular los destellos de 2016.
Vamos con ello:


5- Elle (Paul Verhoeven)


Paul Verhoeven e Isabelle Huppert se unen para jugar hasta el límite más salvaje. Se quedan contigo y con todo el que pasa por ahí. Explosión delante y detrás de las cámaras que huele mucho a Óscar para ella.


4- La La Land (Damien Chazelle)


La La Land puede ser la música o el talento de su director (Whiplash), pero está incluso por encima de todo eso. Es Emma Stone y Ryan Gosling comiéndose la pantalla, y es el cine aplaudiendo.


3- Arrival (Denis Villeneuve)


"Arrival muestra lo que somos, lo poco que somos" que decía aquel. Pues sí, y lo hace obligando a pensar, a reflexionar. Esa quimera tan exótica en la actualidad pero que cuando la tienes enfrente, fija tu atención (y así hasta hoy).


2- Tarde para la ira (Raúl Arévalo)


El cartel atrae, el título es perfecto... Detalles que te invitan a entrar. Una vez dentro, ya no puedes salir. Chapeau al Arévalo novel y a su 'Cine de actor'...



1- The Young Pope (Paolo Sorrentino)


Otra vez el oro para Sorrentino, sí. Porque a pesar de ser una serie (rodada como una película), este tipo sigue saltándose todas las reglas cinematográficas y sigue acertando. Reinventa esto al ritmo de su banda sonora tan particular, y además aquí se multiplica por 10, y eso, señoras y señores, es demasiado.



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BONUS TRACK

-Sing Street (John Carney)


Te alegra una tarde. Se ríe de los prejuicios y las etiquetas antes de mezclarlos y esparcirlos por los aires. También se mete en tu cerebro a base de buena música y diálogos de verdad, y por supuesto, el cartel no deja indiferente a nadie.
Ganas un poco de todo lo anterior, una lista de reproducción sobresaliente, y por qué no, también ganas vida.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

OTRA HISTORIA


De manera explícita, sin inhibiciones y haciendo mate su jaque al género contrario en esa sala de interrogatorio. Así acabó Sharon Stone con los infinitos clichés unidireccionales que ya cantaban en la gran pantalla, orquestando una de las escenas más reproducidas en la historia del cine.

Rápido, muy rápido nos dice Paul Verhoeven quién manda aquí y quién escribe la película: Ella. Una mirada, un gesto y 5 minutos de diálogo anticipan que nadie podrá cruzar esa barrera sin una consecuencia inevitable: morir. Porque si quedaba alguna duda, este imponente plano pone rostro a la autora del brutal asesinato inicial, esa irrupción estelar sobre una cama y sobre una estrella de rock saldada con más de 20 puñaladas sobre lo mismo, las etiquetas en el cine.

Mismo esquema aunque diferentes protagonistas que los utilizados por Hitchcock en Psicosis para cambiar las cosas. Acabar con la estrella de su película a los 45 minutos de la manera más insospechada supuso decirle al gran público que sí, que era 1960 pero que la historia ya no iba a ser la misma, y ahí quedaron 3 minutos y 50 planos en una ducha como legado y leyenda.


Y es que Verhoeven bebe de Hitchcock a lo largo de todo el filme pero consigue ir un paso más allá. Si a la inteligencia de la escritora Catherine Tramell (Sharon Stone) se suma ahora la autoridad tras salir victoriosa de ese interrogatorio, es evidente que ya no puede haber nadie más interesante en toda la trama. Ventaja con la que no contó Norman Bates porque el maestro del suspense precisamente mantuvo el secreto hasta el final.

En cualquier caso, son dos puntos de inflexión claves en la historia del celuloide que quedaron ahí, en la anécdota, la diversión o la curiosidad, pero que abrieron la veda a un juego psicológico muchas veces imitado y pocas veces logrado. Por eso cuesta entender los palos a Verhoeven también tras su última película (Elle), y por eso necesitaba gritarle al mundo que, aunque muchos siguen intentándolo con esta fórmula, la suya es mil veces más buena que todas las demás juntas.

jueves, 15 de diciembre de 2016

LA IRRUPCIÓN DE TODO LO DEMÁS


Algo se mueve en la plantilla del Real Madrid, ese lugar donde debe obtenerse el rédito máximo per se, pero donde las camisetas más vendidas contemplan 3 iniciales: BBC.
La realidad es que la selva dibujada tras el trío atacante no declina en su tarea de ser el oxígeno del equipo. Sí, esa base silenciosa que impide una derrota desde abril. Porque para regocijo de Zidane, el juego de conexiones y permutas entre los demás está reinventando el topicazo de siempre, eso de "jugar en el Real Madrid".

Lucas Vázquez fue el primero. El pionero en la tanda de Milán, el único en pegarse a la cal como hace 20 años, y el elegido para agitar los encuentros fluctuando entre la fauna. Un estilete para construir, junto a otro para destruir: Carlos Henrique Casemiro, o lo que es lo mismo, la definición de todo lo demás. Un jugador empeñado en decir que no, que en el medio no está la mediocridad, y que ha acabado afianzando una idea: con él, Kroos y Modric venden más. Aunque lo del croata va aparte. Que nadie se olvide quién sigue siendo el jefe, pero no sólo de su parcela, sino de todo el equipo. El Balón de Oro es suyo, y por eso ha hecho su trabajo: cedérselo al 7 para que acabe en la red.


Pero lo interesante en el medio no acaba ahí. Mateo Kovacic resulta que siempre tomó nota y las lesiones de alguno de los demás nos han regalado su jerarquía incipiente, algo que parecía haber perdido Isco pero, como los genios, recuperó con clase una noche cualquiera [para él] en el Vicente Calderón. Sólo faltaría James, única asignatura pendiente de Zizou, que lucha por no seguir río abajo.

Si analizamos la defensa, esa competencia feroz crónica ya nos regaló a Varane hace tiempo, pero ahora resulta que llega Nacho, otro de esos impermeables al error. Aunque si seguimos, pasamos por el 2 y el 12 (que carecen de suplente porque no pueden ausentarse), y llegamos al 4, al del capítulo aparte.


Sergio Ramos es imperfecto, incluso diría que irregular, pero con todo, el mejor central de la historia del club. Curiosa paradoja la del adalid de las remontadas, capitán de todos, pero más en concreto, de esta corriente de los demás: lo que representa.

Y así llegaríamos a Keylor y a Casilla (vaya inicio de temporada), y otra vez a la BBC. Aunque mejor detenerse en el puesto de 9, ése que tanta polémica suscita, pero ése que ahora mismo contrapone 3 perfiles diametralmente diferentes: Benzema, Morata y Mariano (un bonus track, [¿todavía por hacer?] mitad Morata, mitad Benzema).

Parece que, al fin, el presupuesto se corresponde con la realidad, individual y colectivamente. Las esencias se han destapado con una filosofía capital en esto: bajarse al barro y batirse sobre el verde. Estos son los andamiajes que Zinedine Zidane ha vertebrado, y la justificación de que, aunque los goles, las camisetas y los premios son para otros, sólo las plantillas así te colocan en la historia.