viernes, 17 de enero de 2020

YONQUIS DE (NO) PERDER EL TIEMPO


El ejercicio no tiene mucho misterio: mirar a nuestro alrededor por un instante y observar cómo nos hemos convertido en una sociedad yonqui de perder el tiempo. Nosotros, la especie pluriocupada del primer mundo cuyo obsesiva necesidad y precipitado deseo es mirar la pantalla del móvil sin ver, casi siempre, absolutamente nada. Y la verdad es que no parece haber una cura inmediata o por lo menos un parche a esta domesticación orquestada por las redes sociales de la infoxicación y los productos audiovisuales dóciles, repetitivos y reutilizables. O sí. 2019 y una sala de cine puede ser el principio.

Porque quizá sin saberlo este ha sido el año de la revolución de las pantallas gigantes y las butacas con posavasos contra la manía de echar la mano al bolsillo eliminando el déficit de atención incluso en las tardes de Netflix y sofá. Para siempre, será la temporada donde los grandes cineastas se pusieron de acuerdo en inyectar semejante cantidad de arte acumulado al espectador (incluso utilizando la financiación de la propia plataforma) capaz de generar una sobredosis de satisfacción y un síndrome de abstinencia de 'no perder el tiempo' del que será difícil salir.

Porque me sigo reafirmando en que el producto bien tratado, tendente a la mayor calidad y con la originalidad y profundidad como mayor antídoto a lo cansino y lo masticado, funciona. Sí, funciona.

Funciona Pedro Almodóvar abriéndose en canal y provocando estupefacción y aplausos en los títulos de crédito tras contar su vida a través de Salvador Mallo y mediante Antonio Banderas. O al revés. Funciona Quentin Tarantino resucitando de entre los muertos también a través de sus películas, componiendo una novena sinfonía sin peros y donde nos prohibió mirar el reloj mientras esperábamos ese desagradable final para Sharon Tate que nunca llegó. Porque el cine siempre gana, también a la historia y al remake. Y por eso Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, los dos iconos hollywoodienses del siglo XX, vinieron a nuestras salas de cine de siempre con una película de autor y comercial para explicarnos que no se fueron nunca y que siguen siendo los mejores. Igual que Scarlett Johansson. O igual que Joaquin Phoenix. 2019 ha sido el año de los grandes pero también el año en el que aprendimos eso de que una peli coreana podía sacudirnos el cerebro. Bong Joon-ho, los subtítulos 'más comerciales de la historia' y Park So-Dam (el nombre de esa maravillosa actriz que acabo de buscar en Google) así lo quisieron con Parásitos.


En el otro lado, tres horas aguantaron sin pestañear ni encender la pantalla del móvil los fieles seguidores que arrasaron las salas con el escudo de Capitán América sobre el brazo y Endgame, para siempre, en su memoria. Aunque 'Yo soy Scorsese' supongo que diría Marty enfrente de todos ellos comprobando que sus tres horas y media de El Irlandés abrazaban también esa revolución contra el tiempo (solo perdió la batalla del rejuvenecimiento facial). Y es que para Robert de Niro, Al Pacino y -sobre todo- Joe Pesci entiendo que siempre hay espacio, y en Netflix también.

Se nos escapa un año donde también fuimos conscientes de lo rápido que se nos esfumó la infancia al ver Toy Story 4 así, tan bien, 24 años después de la película que empezó a cambiar a Pixar. Pero la vida sigue, también fuera de la animación y dentro del virtuosismo técnico que posibilita todas estas experiencias. Por eso el plano secuencia de 1917, de la absurdez de una guerra y de Sam Mendes, queda ya perpetuado en el Olimpo del cine bélico y en las retinas de todas aquellas personas que no despegaron la mirada de las sombras y el color de la gran pantalla, como si estuvieran viendo Senderos de Gloria pero en el siglo XXI.


Menos público aunque no con menos fascinación pudo comprobar cómo Robert Eggers, Jarin Blaschke, Willem Dafoe y Robert Pattinson nos enseñaban en blanco y negro, a 1:19:1 y lentes de 1912 cómo se homenajea de verdad al cine de antes, al primero y original, y cómo se hace, además, a través de la locura y la interpretación bajo la solitaria luz de un faro y un sonido abrumador.

Porque en estos meses de estrella ha habido para todos y también para el cine español. Las dos horas y media de La Trinchera Infinita descubren más de nuestros horrores ocultos durante y tras la Guerra Civil del mismo modo que otro renovado Alejandro Amenábar complementa la visión con la original y efectiva de Miguel de Unamuno.

Nombres de aquí, al fin y al cabo, tras los que se esconden actuaciones prodigiosas como la de Belén Cuesta y Natalia de Molina (Adiós), guiones premium (Quien a Hierro Mata) y por supuesto, ese tándem explosivo de Dolor y Gloria. Porque este texto acaba volviendo al principio. Con todo lo que en estos 365 días nos invitó a desear que no acabara la película por la que acabábamos de pagar una entrada. Con Taron Egerton (o Elton John), con Eddie Murphy (otro resucitado) y sin Todd Phillips (inquietante mensaje el de Joker). Incluso con Stars Wars (mi debilidad) y una saga Skywalker que se cerró para siempre con fuerza y nostalgia y tras la que tengo una cosa clara: Kylo Ren y el antihéroe de moda (Adam Driver) siempre en mi equipo. Porque solo nos queda mirar al futuro con algo de esperanza (algo así como los diálogos finales de Historia de un Matrimonio) sabiendo que el mono tras este año de atención a la PANTALLA GRANDE será largo y sinuoso, y aceptando sin reproches que, al fin y al cabo, es lo que tiene ir al cine por encima de nuestras posibilidades.

jueves, 26 de diciembre de 2019

CUANTO PEOR, MEJOR


De las cosas menos importantes en la vida, para mí, el deporte es la más importante. Es así y es simple. Por eso mi objetivo siempre fue, además de practicarlo en muchas de sus disciplinas, contarlo a quien fuera, poder transmitirlo. No hace muchos años ahí estaba día tras día frente al televisor haciendo la ronda de informativos deportivos: primero, Telemadrid; después, Telecinco; más tarde, Antena 3; y por último, TVE. Todo, por supuesto, con el As y el Marca de fondo. 

El problema es que 15 años después, al escribir esto y mencionar a la mayoría de estos medios no sé qué siento más, si vergüenza o ganas de soltar una carcajada. Porque la evidente sensación de que ahora sería imposible poder soportar esa ronda me crea la duda de cuántos espectadores y compañeros se plantearán lo mismo diariamente.

En ese periodo intermedio surgieron Cuatro y laSexta, y en paralelo, me fui formando en el periodismo, en la comunicación audiovisual y en una irrefrenable inquietud por escribir que siempre se materializó en este blog.

Pero vuelve la reiteración y volvemos al origen. Igual que el deporte es una de las cosas menos importantes (aunque haya quien no sea consciente), la facilidad para aprovecharse de él, ponerlo como excusa y canalizar su pasión a través de los intereses más partidistas e incluso personales, es evidente. Muy fácil. Basta con poner el foco en cualquier aspecto ajeno a la competición, que ya tendremos otra cosa, otra historia y otra realidad. Y el repertorio, claro, es infinito.

Así fue como empezaron a cambiar las cosas y cómo de forma directamente proporcional a la incipiente cultura del WhatsApp, el meme y el retuit, surgió ese ilustre enfoque por medio de las cabezas 'pensantes' de la televisión, justificado, por supuesto, en la excusa de que como las batallas por los derechos televisivos eran leoninas había que hacer mierda "porque si no la gente no nos ve".

La realidad es que todo se empezó a emborronar, el intrusismo en la profesión ya era perpetrado incluso por los propios periodistas, los máster de 10.000 euros especialistas en impartir ego empezaban a hacer su agosto, y en ese punto, con el precariado a flor de piel y los jefes dispuestos a exprimir la ilusión de los chavales, en ese punto, digo, me dieron la oportunidad en laSexta. Algo que siempre agradeceré, por cierto.

Desde 2015 he trabajado con ellos, con Jugones. Más o menos el tiempo que hay entre Mundial y Mundial, entre Juegos Olímpicos y Juegos Olímpicos, o entre las ganas de comerse el mundo del periodismo deportivo y las ganas de reventarlo.

No fueron fáciles los inicios, pero más difícil fue sobrevivir con un mínimo de dignidad en ese mundillo. Las horas de guardias en Valdebebas y Barajas se entremezclaban con vídeos de minuto y medio donde no se podía escribir con un mínimo de literatura y ni siquiera se permitía poder hablar normal. Solo se debía reducir todo a lo más simple para, a base de gritos, poder "vender". El contenido daba igual. Fútbol, violencia, accidentes, historias emotivas o entrevistas a Pelé, Stephen Curry o Marc Márquez. Daba igual, joder. Lo importante de 12 minutos de conversación en un hotel con la mayor leyenda de la historia del fútbol eran 45 segundos hablando de Neymar y sus opciones de llegar al Real Madrid, porque al día siguiente todo se habría olvidado. En cambio, sí se daban 12 minutos a las batallas de ultras a las puertas de San Mamés y sí se me mandaba infiltrarme entre ellos porque daba igual la seguridad (el único viaje con alojamiento que hice fue para eso, por cierto). ¿Conclusión? Cuanto peor, mejor.


Pero antes de eso, y de tener que agradecer a esta empresa un sueldo mileurista por intentar adueñarse de mí entre malos modos y un autoritarismo tan absurdo como flagrante ("Estate siempre pendiente del móvil fuera del trabajo por si te llamamos"), llegó el punto de inflexión: el punto en el que me di cuenta de que todo estaba perdido y de que el periodismo deportivo estaba muerto. Por lo menos, en este país si no estás dispuesto a pagar por ver la televisión.

Diciembre de 2015. Rafa Benítez se encuentra refugiado en Liverpool, de vacaciones, a punto de ser despedido del Real Madrid. Y tras horas y horas de guardia en Barajas esperando su posible regreso, el individuo aparece frente a mí, por lo que, lógicamente le asedio a preguntas al estilo marcado por mi programa.

No contestó ninguna. A nada. Nada de nada. Ese tipo por el que llevaba esperando días, había aparecido ante nosotros y no había dado ninguna información. Solo gestos y taxistas diciendo no sé qué alrededor. Y en el viaje de vuelta a la tele me fui realmente convencido de que no tenía nada con mi 'iluso' criterio de becario. Nada más allá que la imagen de su llegada.

Pues bien, no solo se celebró el acontecimiento de "cazar a Benítez" entre los de arriba con una efervescencia preocupante sino que a día de hoy se sigue justificando mi contrato por ese momento. ¡Por ese momento! Es decir, no por las tardes enteras dedicadas a contar historias del deporte en vídeos elaborados al detalle. ¡Por perseguir a alguien en un aeropuerto sin recibir ninguna respuesta!

Ese día, groggy como Foreman en Zaire, hubo que enarbolar la bandera del periodismo ante los insultos en el vertedero de redes sociales sin saber muy bien a qué atenerme, pero asumiendo la realidad sin tener todavía un contrato delante: esto estaba muerto y lleno de caspa.

Y así pasaron cuatro años donde conocí más esta profesión, donde quise ser Ali contra el mundo aprovechando la oportunidad para intentar cambiar algo desde dentro, donde hasta cuatro veces pedí unas condiciones económicas justas -dejar de ser Ayudante y pasar a ser Redactor como mis compañeros- para poder desarrollar mi vida y donde la respuesta a eso era "ten más paciencia", mientras al día siguiente volvía la exacerbada exigencia, el despilfarro económico en declaraciones de 'expertos' que hablaban 20 segundos sin aportar nada nuevo; y la presión por unos "objetivos" de cuyo beneficio nunca formé parte -nunca formamos parte- mientras el presentador se hacía millonario y algunos palmeros cumplían fielmente la orden de retroalimentarse en redes sociales y darse golpes en el pecho y palmaditas en la espalda por un dato de audiencia residual.

Y ya hablo en pasado porque llegó un día en que por mucho que intentara pasármelo bien en el circo, dejé de hacerlo. La broma empezó a ser una pesadilla y sí, el día que cumplo 28 años me da por escribir estas tonterías. Me da por soltar lastre y por hacer una reflexión de qué hacer con mi vida, de cómo redirigirla y cómo enfocarla asumiendo que en esta televisión, presa de los objetivos más salvajes de una empresa privada y sin un mínimo interés por el periodismo deportivo, seguirán amenazando con quitar la sección que queda de pseudodeportes de la parrilla cuando no contenga el suficiente morbo y la suficiente grasa.

Me da por pensar que dejo esto porque quiero. Porque los principios van antes y el futuro va después. Y porque ya he cumplido. Cumplí mi sueño de llegar hasta que unos pocos, los mismos que manejan esto y que me presentaban entrevistas con grandes deportistas como un "regalo" para limpiar su desbordante salsa rosa, lo destrozaban exigencia a exigencia quizá sin darse cuenta. Porque lo peor de todo es que se creen que lo hacen bien. Pero yo me bajo de esto orgulloso de poder hacerlo, sabiendo que no por el hecho de dar trabajo a un periodista vale todo, sabiendo que puedo aprender de esta derrota, sabiendo que hay mucho talento desaprovechado entre todos mis compañeros, pero sabiendo, también, que lamentablemente la imagen de este mundo desde fuera -y desde dentro- gracias al veneno que isuflan las culpables cabezas 'pensantes' día a día, click a click y tuit a tuit es que en el medio está la mediocridad.


*La ilusión de mi primer día de trabajo en 2015

domingo, 10 de febrero de 2019

EL PUTO FREDDIE MERCURY


"Ególatra, gélida, soporífera y mediocre", sí, "ególatra, gélida, soporífera y mediocre". No era una broma. Aquel titular sobre Roma era real y supongo que el majestuoso crítico capaz de juntar esas cuatro palabras aún seguía apretando los dientes mientras el resto, es decir, los lectores, intentábamos mediar en semejante intención de asesinar una obra de arte. Lo de "gélida, soporífera y mediocre" puede pasar, claro. Sería una más en la lista para ese señor (cuyas palabras debían estar predeterminadas en el corrector automático por alta frecuencia de uso), pero lo de insultar al director... 

Te tienes que reír. No veo otra salida o solución ante el inexorable mundo de la crítica salvaje. Ya sabemos que el arte es libre, y su análisis, más aún. Pero también por eso me quiero imaginar un paneo gigante como contestación (y sin un sólo primer plano, al estilo Roma) donde primero aparecen Toni Servillo y Paolo Sorrentino descojonándose a lágrima viva, después, Bradley Cooper y Lady Gaga vomitando el alcohol que ingirieron para olvidar el agravio, y a continuación, una secuencia final donde se funde la piedra que rompe la ventana de aquel productor que dijo "NO" a Bohemian Rhapsody, con un plano de Mahershala Ali en alguna carretera perdida de Alabama. 
Por supuesto, ya sabemos que el final es Viggo Mortensen bajándose del Cadillac y propinando un inmenso puñetazo al crítico. Entonces ahí, y sólo ahí, el giro de cámara cesa, y Cuarón descansa.


Seamos serios, o por lo menos, intentémoslo. Ninguna crítica es más lícita que otra porque esto funciona por sensaciones; por mirar, ver, y directamente, sentir o no sentir tras dos horas en los cines Verdi o en Netflix. Que Roma va a ser lenta se te insinúa desde el primer interminable plano donde la protagonista (sí, la impopular protagonista), vacía el agua (y las críticas) por ese desagüe del patio. A partir de ahí, obra maestra para algunos y un atentado contra el cine para críticos como el de antes. Visceral. Binaria. 0 o 1, blanco y negro para disfrutar o sufrir con una historia de miseria donde la criada de una familia elitista protagoniza precisamente eso: la situación agónica, lenta, gélida, soporífera y mediocre a la que muchas como ella se han enfrentado y se siguen enfrentando a lo largo de la historia de la humanidad. Más allá de un mejor o peor guion la sensación es que no había visto eso antes. Pero como seguro que alguien ya tiene la lista vertida por Google de 10 películas similares, aprovecho para reivindicar ese realismo en un presente donde lo artificial y lo viral es lo normal, y para reafirmarme, no sólo en que técnicamente me parece la película del año, sino en que tiene dos escenas que son historia del cine: un nacimiento y una ola, curioso. 


Desgranado el problema principal y volviendo a eso de las sensaciones, por supuesto que no voy a dejar de mencionar a ese Spiderman latino que calza unas Jordan por El Bronx mientras suena Lil Wayne. Por su guión. Por ser extrañamente capaces de revivir algo que estaba muy muerto. Por el cine de animación de alta calidad. Y, sobre todo, por devolvernos la sencillez, la humildad y la libertad del universo de nuestra infancia durante un par de horas. 


Y claro que voy a hablar de ellos.


Dos fotos de los 20 minutos que cambiaron la historia de la música, y dos fotos de 20 minutos de cine que nos han cambiado a nosotros. Porque lo fácil sería decir ahora y argumentar que canciones de Queen de hace 40 años, contra todo y contra todos, han vuelto a liderar una lista en 2019, la de Spotify. Pero lo difícil, sería preguntar a todas y cada una de las personas que han visto Bohemian Rhapsody, qué sintieron durante esos 20 minutos de Live Aid sin filtros ni dosificador. 

Vivir. Sentir. Vivirlo. Emocionarse. El cine creo que está para eso. Para de entre otras muchas cosas, alimentar leyendas, escenificar momentos, y hacer historia creando y recreando. 

Y en este caso el cine tenía al mejor, contaba con el mejor. Y pagar esa entrada suponía conocer la forma, el tiempo y los lugares donde se nos iban a presentar unas canciones legendarias, al mismo tiempo que significaba descubrir la vida de un personaje sobre el que después de ver la película, pocos serían los que no buscasen algo sobre él, aunque fuera una simple actuación en YouTube

Un biopic único sobre un personaje exclusivo en la historia que está por encima de la guerra entre lo comercial y lo independiente, entre las masas y los críticos, e incluso entre la realidad y la ficción. Porque Bohemian Rhapsody es un fenómeno sin igual, son las sensaciones unificadas del pasado y del presente, la música interpretada por un camaleónico y excelso Rami Malek, y una candidata al Óscar que, ante las críticas de blanqueamiento, indolencia y falta de sustancia, arrincona a los teóricos críticos expertos, mira a todos los que salimos del cine con la boca abierta, y nos grita, bien alto, que es la película del año por una sencilla razón: el puto Freddie Mercury.

martes, 26 de junio de 2018

LA VIDA ETERNA SÓLO DURA UN RATO


Es como nuestra vida que cuando todo va bien, un día tuerces una esquina y te tuerces tu también. Sencillas, directas y certeras. Ahí seguían las letras de Fito Cabrales clavando sus cuchillos en corazones oxidados y escupiendo en la cara de los arrepentidos, de los que las guardamos en un cajón hace años. Sin previo aviso, sin dosificador. La perilla, las arrugas y las canciones de ese extraño ser conmemoraban dos décadas junto a los Fitipaldis, pero que nadie se engañe, demasiada profundidad hay en esa poesía de rock&roll como para negar que alcanza la eternidad del universo. Porque cuidar de las estrellas sigue siendo un buen castigo, sobre todo si uno se halla perdido entre dos mares y convencido de que se equivocaría otra vez, pero de pronto descubre que aún recuerda sin fallo todas y cada una de las frases que entona el artista.
"Dejadme nacer, que me tengo que inventar", terminó diciendo un tipo que acababa de llegar, que insistió en que el invierno había sido malo y en la eterna pregunta, la de la lágrima en la arena. Cuestiones, inquietudes y dudas resueltas situando una silla frente a 15.000 personas, mirando sus emociones a los ojos, y coloreando todas las orejas en rojo mientras construía una casa por el tejado con los acordes de su guitarra. Sí, la guitarra.
Siempre por delante, siempre de cara, escondiendo y obviando el roce de tu cuerpo durante las dos horas y media de concierto, como hiciera aquel hace 8 años, cuando tras descubrir casi todo con ella, no quiso seguir. No pudo. No supo.
Porque el tiempo no da para mucho más, tan sólo para frotarse los ojos y darse cuenta de que un día tuerces una esquina y te encuentras en el Wizink Center, viviendo otra vida, una que ya has vivido y que a pesar de ser eterna, sólo dura un rato.

domingo, 21 de enero de 2018

ROOKIE


El primer contacto fue en la A-6, camino de una extraña finca ubicada en Segovia y desde el desconocimiento. Sí, porque cuando el sonido de ese Peugeot de alta gama interrumpió nuestra conversación y nos adelantó severamente por el carril izquierdo, nadie se percató de quién iba dentro. No dio tiempo. Tan solo causó un breve silencio tras el que continuó la charla en el interior del coche de LaSexta y el repaso al tema del día: Entrevista a Carlos Sainz, diez de la mañana, exterior, día. 

Olvidé al instante que iba a ser mi primer cara a cara cuando llegamos a ese alejado recinto y le vimos ahí, apoyado en el mismo coche que nos pasó como un Fórmula 1 a un safety car, realizando una especie de posado. Me llamó mucho la atención (era inevitable) el polo que lucía con los infinitos logos de sus patrocinadores. Un atuendo que puede pasar por uniforme reglamentario en pilotos jóvenes, pero que en un tipo con los kilómetros de Carlos, inevitablemente, resultaba extraño. Tan anómalo como fuera de tiempo pero tan simbólico como profesional. Una escena, en su conjunto, que de algún modo le devolvía al pasado, a sus mejores años, y ese prestigio que siempre le perteneció.

Entonces un minuto bastó para toparse con la realidad. Justo los 60 segundos que tardamos en acondicionar la entrevista y en aprovechar el siempre sugestivo off the record, cuando irrumpió la experiencia de un tipo que ha disputado 196 carreras del Mundial de rallies y su manejo milimétrico con los medios. Humilde, abierto, y sencillo. Sin rehuir ningún tema. Consciente de la omnipresente percha de actualidad aparejada a su propio hijo, a Fernando Alonso, e incluso a temas menores como el fútbol. Se venía algo único, y por ello, el primer deber era una pregunta directa al jefe de prensa: ¿Cuánto tiempo tenemos?


El aspecto que más me interesaba de este personaje histórico en el planeta motor no era otro que lo poco que se ha visto sobre sus carreras desde que en 1980 se iniciara en la competición. Sí, porque todos tenemos en mente las mismas secuencias cuando hablamos de Sainz, y cuatro décadas después seguimos sin saber absolutamente nada más allá de esos planos protagonizados por barro exuberante y limpiaparabrisas activados. No encontraremos una prueba completa, ni un final como el de Alonso y Schumacher en Imola, o como el de Rossi y Márquez en Sepang. No en los rallies. Aquí el trayecto se vive anclado en la compañía o soledad que puede ofrecer un copiloto. El mismo recorrido que te lleva a romperte la cabeza para solucionar un problema mecánico en el Pirineo aragonés o en las dunas de Belén (Bolivia), y los mismos obstáculos que te pueden hacer volcar mientras una cámara fija lo capta todo, convirtiéndote en un ser inerte. Aventura, al fin y al cabo. Y sobre eso empezamos charlando en una entrevista que se desarrolló sin problemas, con un perseverante aroma a pasado, y tras la que perdí de vista al Matador entre la nube de polvo que levantó su Peugeot al salir luciendo caballos.

Le volví a ver tiempo después, entonces en el circuito del Jarama, en una entrevista programada con su hijo Carlos. Esa vez lucía una americana y habían desaparecido los sponsors. El pulcro asfalto sustituyó a la grava de aquel lejano camino en una mañana donde apenas charlamos y donde algo más había cambiado: por primera vez le vi mayor. Permaneció durante todo el evento en un discretísimo segundo plano, y entonces lo tuve claro. Se acabó. Los últimos vestigios de aquel loco que recorrió la Castellana en 2004 con su Citroën Xsara ya eran historia. También los trompos en Cibeles, el público en las calles, y como no, mi Ford Focus WRC en miniatura, para siempre, el de Carlos Sainz.
Hasta hoy.


Dicen que en el Dakar la mayor parte de las noches no se duerme, que el vehículo está antes que el piloto, y que previo al panorama hostil, lo primero que nubla la vista es el propio cansancio desde las cuatro de la madrugada. Condición llevada al límite este año con el rally más duro que se recuerda. Por eso ayer, cuando El Matador, con 55 años, clausuró la 40ª edición de la carrera más difícil del mundo sobre el techo de su coche, con los brazos en alto, imagino que volvió a cumplir un sueño.
El anhelo de su desvelo durante estas cuatro décadas. La fantasía original, la del eterno aspirante. Y por eso sus ojos se percibían cristalinos, enfundado en su mono de siempre y ataviado con esa gorra donde brillaban los infinitos logos de sus patrocinadores ante los flash de las cámaras, otra vez, junto al número 1.


Entonces dijo lo siguiente: "Aquí gané mi último rally del Mundial, en estos mismos caminos, hace ya unos cuantos años, en 2004. Y, otra vez, Córdoba y Argentina me vuelven a dar una gran alegría". Y los ojos de quienes lo escuchamos al otro lado del charco, también empezaron a lucir cristalinos. La hora de citar infortunios pasados había llegado a su fin. También incluso la de rebuscar estadísticas y logros. ¿Para qué? El dato vital que lo explica todo acababa de cobrar más fuerza que nunca.
Piensen: "Carlos Sainz, Campeón del Mundo de rally en 1990 y 1992". 

viernes, 5 de enero de 2018

FUCK



Creo que fue la primera vez que vi y escuché cómo alguien pisaba una jeringuilla. Ahí, al poco de empezar la serie, con un sonido perfectamente recogido y una vaga imagen mostrada sin excesos tras la que no pude evitar pensarlo: qué desagradable es esta movida.

Y lo fue, claro, a lo largo de 60 capítulos durante los 5 años que duró mi incertidumbre. Con cada chute, cada disparo, cada muerte y cada temporada.

El problema vino después del primer contacto -supongo que algo lógico si pasas por todas las fases de intoxicación con The Wire-, en el tercero de la primera, cuando un dilema mental se instaló mientras escuchaba Way down in the hole: "¿Realidad o ficción?", pensé, antes de que se desvaneciera esa cuestión al instante -la respuesta era obvia- y antes de abandonar la serie, presumiblemente para siempre.

Me dejó de interesar el agujero negro de la peor ciudad de Estados Unidos. Comencé a odiar un proceso narrativo lento que toda la crítica mundial catalogaba como la Capilla Sixtina de la televisión. Y asumí mi fracaso porque semejante 'obra de arte' no me había enganchado en absoluto.


Pero años después, e inmerso en un mercado de series de calidad, sí, pero de rápido consumo, me convencí -nadie sabe todavía el motivo- que debía darle una segunda oportunidad a la horrible Baltimore, a ese periodista o experiodista que ideó la serie, y al único personaje que me fascinó tras mi mala experiencia: Omar Little.

Más jeringuillas, más papelinas, y más rostros de fracaso 4 años después. El caso es que este segundo contacto fue más extraño que mi segundo cigarro. La realidad en esas calles seguía extrañamente viva, lúcida, marcada a fuego y constante en mi memoria. Como si el bagaje de 3 horas (3 capítulos) en la ciudad me lo hubiera dejado clarito: "Esto es lo que somos y esto es lo que hay. Ahí tienes la puerta". Seguía sin percibir nada atractivo, nada nuevo, y entonces irrumpió el capítulo.
El cuarto de la primera, o lo que es lo mismo, la secuencia en la que Bunk Moreland y Jimmy McNulty trazan pistas sobre la escena de un crimen al ritmo de una única palabra: fuck.
Cinco minutos de acordes monosílabos antes de ahogar penas y trabajo con unos tragos y, ahora sí, una conversación a la luz de la Luna, junto a las vías del tren.


La catarsis y el momento habían llegado. Nunca se dijo tanto con tan poco. 


Porque The Wire no es poesía en movimiento, no es La Batalla de los Bastardos. The Wire es realidad. Son actores (algunos no actores sacados de las calles) en las peores esquinas de una ciudad sin ley, precisamente porque cualquier atisbo de derechos, cordura o desarrollo agoniza entre bastidores por la omnipresente corrupción. En los colegios, en los juzgados, entre los estibadores de un puerto, y por supuesto, en las comisarías y los partidos políticos. La lucha entre el bien y el mal se extiende durante 60 horas de metraje por todos los rincones de la sociedad, aumentando tu dependencia progresivamente a medida que observas cómo los hilos de Baltimore (y del mundo) siguen manejados por unos pocos. 

Y, sin saber muy bien por qué (recuerdo la frase de Bubbles: "No hay nada malo en aferrarse al dolor, siempre y cuando dejes sitio para otras cosas"), un día tu dosis aumenta. Quieres más. Desaparece ese odio viejo mientras percibes los detalles que convierten a esta serie en un fenómeno único. Omar Little, el personaje más popular, es homosexual y no estigmatizado por ello. Algo tan sencillo como eso y que parece tan difícil en la historia del cine ya constituye una pequeña revolución. Como la atención a los guetos de Baltimore. Dar incondicional protagonismo a la voz de la población negra, a esa jerga maravillosa que tantos problemas debió ocasionar en las escuelas de doblaje españolas. Ése es otro aspecto, David Simon, creador de la serie, obliga a ver su trabajo en versión original. No permite que se le arrebate absolutamente nada a sus actores, y por ende, a sus personajes. Artistas que rozan la perfección en la interpretación y que parecen predestinados a su papel. ¿Un ejemplo? Aidan Gillen (sí, 'Meñique' en Juego de Tronos) prestigiando la imitación de un líder político.


La cuenta es infinita... qué vamos a decir de la actuación de Felicia Pearson, de aquel editor del Baltimore Sun que aún creía en el periodismo, o de los dos policías reconvertidos a profesores, Colvin y Pryzbylewski, capaces de ilustrar a todo aquel que se pregunte por qué el sistema educativo se desmorona. El propio Bubbles, drogodependiente icónico de The Wire, nos regala algunos de los mejores momentos de la serie ("Pasear por el parque Druid Hill, ver chicas guapas, fumar marihuana y tomarse una cerveza fría. Y justo al ponerse el sol..., ya saben que a esa hora el sol llena el parque de luces y de sombras").

La única conclusión que saco respecto al debate sobre si es la mejor serie de la historia es que me da igual. Que sí, que yo también flipé con La Boda Roja o con Ozymandias, y también me maravillé con la primera temporada de True Detective. Pero nada de eso fue comparable a observar el talento excelso de aquel grupo policial que organizaba escuchas contra Stringer Bell y Marlo Stanfield. Su vida de mierda. La luz en ninguna parte del túnel. O el final de ese personaje, Duquan, el sensacional estudiante sobre el que puse todas mis esperanzas, el pez que nadaba a contracorriente y que sería capaz de salir de ahí y tocar el mundo, cuando en los últimos instantes del último capítulo, en una imagen mostrada sin excesos y con un sonido que ya nadie quería escuchar, se pone un chute de heroína al fondo de un oscuro callejón.

Lo volví a pensar y sentí lástima. Otra vez. "Qué desagradable es esta movida, y qué obra de arte".

domingo, 26 de noviembre de 2017

NADA NI NADIE

Todo comienza con una secuencia inconexa. Una escena a todas luces masoquista en lo que parece ser el reducto de una extraña habitación de hotel donde el montaje asfixiante de primerísimos primeros planos, primero, enturbia el panorama, y segundo, nos descoloca fugazmente para agigantar nuestras pupilas un minuto después. Sí, cuando un irreconocible y desharrapado Joaquin Phoenix irrumpe, por fin, en escena, una excelsa banda sonora multiplica exponencialmente su volumen y el espectador asiente, pétreo, en su butaca: lo tenemos, empieza algo prometedor, y por primera vez después de 1000 películas, algo diferente.

Lynne Ramsay nos presenta así a su protagonista. A través de la nada, de una consecución de planos aislados que durante el metraje cobrarán todo el sentido. Porque cuando abandonamos la sala seguimos sin saber prácticamente nada de Joe (Joaquin Phoenix) aun teniendo en cuenta que aparece en todas las escenas. No importa.  Sólo necesitamos saber que, por alguna razón, este personaje debe salvar a niñas que están siendo violadas bajo un secuestro infernal, refugiándose en la clandestinidad y un comportamiento misterioso y asocial tras realizar su cometido.

A partir de ahí llegan los recuerdos. Las calles de Nueva York por las que circuló Travis Bickle hace más de 40 años, el punteo de las escenas con los mejores acordes sinfónicos de Drive, y sobre todo, esa ultraviolencia desmedida que tanto impacta en la gran pantalla. Reflexiones sobre la fugacidad o el recuerdo de las personas, los actos, las cosas y los traumas. La incongruencia de una sociedad mercantilizada, de postín, asfixiada. Quiénes somos, cuál es nuestro cometido aquí y a quién cojones le importa. Experiencias, al fin y al cabo, vividas durante el pasado dentro -y fuera- de una sala de cine cuyo síndrome de abstinencia nunca se fue, sino que subyace cada vez que pagamos una entrada y casi nunca se ve satisfecho después. En realidad, nunca estuviste aquí nos deja a la deriva en medio del océano y no nos permite volver a la orilla, sólo volver a encontrarnos. No hay explicación. No hay virtuosismo, sólo tiempo para pensar -y madurar-. Porque la mayoría de las últimas películas confirma las necesidad imperiosa de hacer billetes y que del esnobismo a la gilipollez hay una línea transparente. Por eso no estaría mal decir que esta experiencia cinematográfica, sin ser nada y estando protagonizada por nadie (quizá Phoenix gane el Oscar), es mejor que todas las demás juntas.

lunes, 30 de enero de 2017

DÉJALO YA, TÍO


Puede ser que justo hace un año, cuando Djokovic y Murray se jugaban el Open de Australia, Nadal y Federer estuvieran al otro lado de la televisión viendo sus ágiles intercambios. Golpes que el público zanjaba con una ovación cerrada pero que, seguro, estos dos espectadores encajaban con un silencio incómodo.

Dudas, preguntas y un suplicio con cada aplauso a los nuevos tenistas de moda. Y todo sin poder articular una sola palabra (¿qué decir cuando ves tu carrera pasar sentado en el sofá de casa?). Por eso puede que en una de ésas, ambos, simultáneamente, recibieran una palmadita en la espalda del amigo de turno, acompañada de un "Déjalo, tío".


¿Para qué seguir? Cuando lo has ganado todo y llevas un lustro sin llegar ahí, o cuando esos 5 años han sido sinónimo de jugar con dolor, lo normal es dejarlo. Pero Roger Federer y Rafael Nadal vinieron aquí a reírse de lo que esta sociedad entiende por 'habitual', y ayer volvieron como esas cosas que merecen una oportunidad más en la vida.

Volvió el deporte definido en un partido de tenis. La sensación de que Roger podría jugar sentado en su trono y la impresión de que Rafa podría subir corriendo a la Luna. Tormentas de peloteos preciosistas y las mismas reglas viejas de siempre: partido a 5 sets y la pelota no se mancha. Porque ellos entienden esto así; el ace cuando procede, del 40-0 al 40-40 y el ojo de halcón para dejar clara una cosa: la línea se toca.


Ya lo dijo Woody Allen en Match Point, "cuando la pelota pega en la red, por una décima de segundo puede seguir o puede quedarse. Puedes ganar o puedes perder". Instante que fue lo que tardaron estos dos tipos en volver a entrenar para confirmar que son el tenis.

Probablemente, ayer las televisiones de Djokovic y Murray ardieron durante 3 horas y media mientras ellos aplaudían cada punto, reconocían a sus maestros, y al final, se ponían de pie. Porque todo esto fue algo más, igual lo que debería ser la vida, un Nadal-Federer constante.