domingo, 10 de febrero de 2019

EL PUTO FREDDIE MERCURY


"Ególatra, gélida, soporífera y mediocre", sí, "ególatra, gélida, soporífera y mediocre". No era una broma. Aquel titular sobre Roma era real y supongo que el majestuoso crítico capaz de juntar esas cuatro palabras (cuyo nombre no recuerdo, lo siento) aún seguía apretando los dientes mientras el resto, es decir, los lectores, intentábamos mediar en semejante intención de asesinar una obra de arte. Lo de "gélida, soporífera y mediocre" puede pasar, claro. Sería una más en la lista para ese señor (cuyas palabras debían estar predeterminadas en el corrector automático por alta frecuencia de uso), pero lo de insultar al director... 

Te tienes que reír. No veo otra salida o solución ante el inexorable mundo de la crítica salvaje. Ya sabemos que el arte es libre, y su análisis, más aún. Pero también por eso me quiero imaginar un paneo gigante como contestación (y sin un sólo primer plano, al estilo Roma) donde primero aparecen Toni Servillo y Paolo Sorrentino descojonándose a lágrima viva, después, Bradley Cooper y Lady Gaga vomitando el alcohol que ingirieron para olvidar el agravio, y a continuación, una secuencia final donde se funde la piedra que rompe la ventana de aquel productor que dijo "NO" a Bohemian Rhapsody, con un plano de Mahershala Ali en alguna carretera perdida de Alabama. 
Por supuesto, ya sabemos que el final es Viggo Mortensen bajándose del Cadillac y propinando un inmenso puñetazo al crítico. Entonces ahí, y sólo ahí, el giro de cámara cesa, y Cuarón descansa.


Seamos serios, o por lo menos, intentémoslo. Ninguna crítica es más lícita que otra porque esto funciona por sensaciones; por mirar, ver, y directamente, sentir o no sentir tras dos horas en los cines Verdi o en Netflix. Que Roma va a ser lenta se te insinúa desde el primer interminable plano donde la protagonista (sí, la impopular protagonista), vacía el agua (y las críticas) por ese desagüe del patio. A partir de ahí, obra maestra para algunos y un atentado contra el cine para críticos como el de antes. Visceral. Binaria. 0 o 1, blanco y negro para disfrutar o sufrir con una historia de miseria donde la criada de una familia elitista protagoniza precisamente eso: la situación agónica, lenta, gélida, soporífera y mediocre a la que muchas como ella se han enfrentado y se siguen enfrentando a lo largo de la historia de la humanidad. Más allá de un mejor o peor guion la sensación es que no había visto eso antes. Pero como seguro que alguien ya tiene la lista vertida por Google de 10 películas similares, aprovecho para reivindicar ese realismo en un presente donde lo artificial y lo viral es lo normal, y para reafirmarme, no sólo en que técnicamente me parece la película del año, sino en que tiene dos escenas que son historia del cine: un nacimiento y una ola, curioso. 


Desgranado el problema principal y volviendo a eso de las sensaciones, por supuesto que no voy a dejar de mencionar a ese Spiderman latino que calza unas Jordan por El Bronx mientras suena Lil Wayne. Por su guión. Por ser extrañamente capaces de revivir algo que estaba muy muerto. Por el cine de animación de alta calidad. Y, sobre todo, por devolvernos la sencillez, la humildad y la libertad del universo de nuestra infancia durante un par de horas. 


Y claro que voy a hablar de ellos.


Dos fotos de los 20 minutos que cambiaron la historia de la música, y dos fotos de 20 minutos de cine que nos han cambiado a nosotros. Porque lo fácil sería decir ahora y argumentar que canciones de Queen de hace 40 años, contra todo y contra todos, han vuelto a liderar una lista en 2019, la de Spotify. Pero lo difícil, sería preguntar a todas y cada una de las personas que han visto Bohemian Rhapsody, qué sintieron durante esos 20 minutos de Live Aid sin filtros ni dosificador. 

Vivir. Sentir. Vivirlo. Emocionarse. El cine creo que está para eso. Para de entre otras muchas cosas, alimentar leyendas, escenificar momentos, y hacer historia creando y recreando. 

Y en este caso el cine tenía al mejor, contaba con el mejor. Y pagar esa entrada suponía conocer la forma, el tiempo y los lugares donde se nos iban a presentar unas canciones legendarias, al mismo tiempo que significaba descubrir la vida de un personaje sobre el que después de ver la película, pocos serían los que no buscasen algo sobre él, aunque fuera una simple actuación en YouTube

Un biopic único sobre un personaje exclusivo en la historia que está por encima de la guerra entre lo comercial y lo independiente, entre las masas y los críticos, e incluso entre la realidad y la ficción. Porque Bohemian Rhapsody es un fenómeno sin igual, son las sensaciones unificadas del pasado y del presente, la música interpretada por un camaleónico y excelso Rami Malek, y una candidata  al Óscar que, ante las críticas de blanqueamiento, indolencia y falta de sustancia, arrincona a los teóricos críticos expertos, mira a todos los que salimos del cine con la boca abierta, y nos grita, bien alto, que es la película del año por una sencilla razón: el puto Freddie Mercury.

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