viernes, 5 de enero de 2018

FUCK



Creo que fue la primera vez que vi y escuché cómo alguien pisaba una jeringuilla. Ahí, al poco de empezar la serie, con un sonido perfectamente recogido y una vaga imagen mostrada sin excesos tras la que no pude evitar pensarlo: qué desagradable es esta movida.

Y lo fue, claro, a lo largo de 60 capítulos durante los 5 años que duró mi incertidumbre. Con cada chute, cada disparo, cada muerte y cada temporada.

El problema vino después del primer contacto -supongo que algo lógico si pasas por todas las fases de intoxicación con The Wire-, en el tercero de la primera, cuando un dilema mental se instaló mientras escuchaba Way down in the hole: "¿Realidad o ficción?", pensé, antes de que se desvaneciera esa cuestión al instante -la respuesta era obvia- y antes de abandonar la serie, presumiblemente para siempre.

Me dejó de interesar el agujero negro de la peor ciudad de Estados Unidos. Comencé a odiar un proceso narrativo lento que toda la crítica mundial catalogaba como la Capilla Sixtina de la televisión. Y asumí mi fracaso porque semejante 'obra de arte' no me había enganchado en absoluto.


Pero años después, e inmerso en un mercado de series de calidad, sí, pero de rápido consumo, me convencí -nadie sabe todavía el motivo- que debía darle una segunda oportunidad a la horrible Baltimore, a ese periodista o experiodista que ideó la serie, y al único personaje que me fascinó tras mi mala experiencia: Omar Little.

Más jeringuillas, más papelinas, y más rostros de fracaso 4 años después. El caso es que este segundo contacto fue más extraño que mi segundo cigarro. La realidad en esas calles seguía extrañamente viva, lúcida, marcada a fuego y constante en mi memoria. Como si el bagaje de 3 horas (3 capítulos) en la ciudad me lo hubiera dejado clarito: "Esto es lo que somos y esto es lo que hay. Ahí tienes la puerta". Seguía sin percibir nada atractivo, nada nuevo, y entonces irrumpió el capítulo.
El cuarto de la primera, o lo que es lo mismo, la secuencia en la que Bunk Moreland y Jimmy McNulty trazan pistas sobre la escena de un crimen al ritmo de una única palabra: fuck.
Cinco minutos de acordes monosílabos antes de ahogar penas y trabajo con unos tragos y, ahora sí, una conversación a la luz de la Luna, junto a las vías del tren.


La catarsis y el momento habían llegado. Nunca se dijo tanto con tan poco. 


Porque The Wire no es poesía en movimiento, no es La Batalla de los Bastardos. The Wire es realidad. Son actores (algunos no actores sacados de las calles) en las peores esquinas de una ciudad sin ley, precisamente porque cualquier atisbo de derechos, cordura o desarrollo agoniza entre bastidores por la omnipresente corrupción. En los colegios, en los juzgados, entre los estibadores de un puerto, y por supuesto, en las comisarías y los partidos políticos. La lucha entre el bien y el mal se extiende durante 60 horas de metraje por todos los rincones de la sociedad, aumentando tu dependencia progresivamente a medida que observas cómo los hilos de Baltimore (y del mundo) siguen manejados por unos pocos. 

Y, sin saber muy bien por qué (recuerdo la frase de Bubbles: "No hay nada malo en aferrarse al dolor, siempre y cuando dejes sitio para otras cosas"), un día tu dosis aumenta. Quieres más. Desaparece ese odio viejo mientras percibes los detalles que convierten a esta serie en un fenómeno único. Omar Little, el personaje más popular, es homosexual y no estigmatizado por ello. Algo tan sencillo como eso y que parece tan difícil en la historia del cine ya constituye una pequeña revolución. Como la atención a los guetos de Baltimore. Dar incondicional protagonismo a la voz de la población negra, a esa jerga maravillosa que tantos problemas debió ocasionar en las escuelas de doblaje españolas. Ése es otro aspecto, David Simon, creador de la serie, obliga a ver su trabajo en versión original. No permite que se le arrebate absolutamente nada a sus actores, y por ende, a sus personajes. Artistas que rozan la perfección en la interpretación y que parecen predestinados a su papel. ¿Un ejemplo? Aidan Gillen (sí, 'Meñique' en Juego de Tronos) prestigiando la imitación de un líder político.


La cuenta es infinita... qué vamos a decir de la actuación de Felicia Pearson, de aquel editor del Baltimore Sun que aún creía en el periodismo, o de los dos policías reconvertidos a profesores, Colvin y Pryzbylewski, capaces de ilustrar a todo aquel que se pregunte por qué el sistema educativo se desmorona. El propio Bubbles, drogodependiente icónico de The Wire, nos regala algunos de los mejores momentos de la serie ("Pasear por el parque Druid Hill, ver chicas guapas, fumar marihuana y tomarse una cerveza fría. Y justo al ponerse el sol..., ya saben que a esa hora el sol llena el parque de luces y de sombras").

La única conclusión que saco respecto al debate sobre si es la mejor serie de la historia es que me da igual. Que sí, que yo también flipé con La Boda Roja o con Ozymandias, y también me maravillé con la primera temporada de True Detective. Pero nada de eso fue comparable a observar el talento excelso de aquel grupo policial que organizaba escuchas contra Stringer Bell y Marlo Stanfield. Su vida de mierda. La luz en ninguna parte del túnel. O el final de ese personaje, Duquan, el sensacional estudiante sobre el que puse todas mis esperanzas, el pez que nadaba a contracorriente y que sería capaz de salir de ahí y tocar el mundo, cuando en los últimos instantes del último capítulo, en una imagen mostrada sin excesos y con un sonido que ya nadie quería escuchar, se pone un chute de heroína al fondo de un oscuro callejón.

Lo volví a pensar y sentí lástima. Otra vez. "Qué desagradable es esta movida, y qué obra de arte".

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